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A túa ledicia, a miña. Lema La Salle 2017-18

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Formación lasaliana

Asociados para o servizo aos xóvenes

     Cuando De La Salle y los primeros Hermanos percibieron que la escuela cristiana era “obra de Dios”, comprendieron también que la educación exigía una comunidad.Por lo visto, era la única forma de llevar a la práctica la obra educativa. De hecho, el voto que ellos hicieron fue el de ASOCIACIÓN. Este voto no era solamente una fórmula, sino que detrás de él había unos criterios, unos principios, unas intuiciones… que después se van a ir encontrando y repitiendo a lo largo de otros escritos.

  • Para saber más…

Pedagoxía centrada no alumno

A partires dun texto do Hno. Mario Presciuttini.

1. Objetivos

  1. Revisar algunos elementos antropológicos y psicológicos que fundamentan y orientan el estilo de relación educativa centrado en la persona del alumno.
  2. Identificar ámbitos de formación integral para una educación de calidad a través de la orientación educativa, la tutoría y la atención a la diversidad.
  3. Descubrir campos de implicación y compromiso responsable de los educados en su propia formación y crecimiento personal.
  4. Reflexionar en torno a un estilo de educación que cree en la realización de cada individuo, busca el crecimiento en la autoestima y se centra en potenciar todas las dimensiones de la persona.
  5. Recorrer los aspectos formativos y los valores que configuran hoy el perfil del aducador lasaliano, con perspectiva en los desafíos educativos del mañana.

2. La educación centrada en la persona

La educación tradicional se ha ocupado principalmente de la transmisión de normas y valores y de proporcionar a los educandos modelos de conducta que imitar y conocimientos para almacenar. La educación evoluciona poniendo el acento en el educando, que debe ser el protagonista de su propia formación integral, no tanto para modelarlo al estilo del ideal de persona que establece nuestra sociedad, sino para desarrollar todas sus potencialidades.

 Los cambios y transformaciones educativas de nuestra sociedad nos invitan a mirar al niño y al joven desde una perspectiva globalizadora, ya que el entorno en el que se mueve condiciona todos los planteamientos de nuestros proyectos educativos. Es, pues, imprescindible conocer bien desde qué antropología partimos para dar coherencia a los objetivos, medios y resultados que seleccionemos. Nuestra sociedad va consiguiendo que la educación sea un derecho universal y que la calidad educativa sea un objetivo cada vez más consensuado que concentra esfuerzos de toda la comunidad social.

 Desde nuestra tradición lasaliana tenemos una propuesta coherente y desafiante para un proyecto educativo de calidad. Revisemos, de forma breve, los rasgos antropológicos de nuestra tradición y veamos qué nos falta todavía para que sea real en nuestra acción diaria en el aula:

a) Identidad:

  • Adquirir una identidad propia.
  • Tomar conciencia de sí mismo.
  • Afirmar la autonomía personal.
  • Ser capaz de pensar la vida en el mundo.

b) Búsqueda de sentido:

  • Ser capaz de descubrir el sentido de las acciones personales.
  • Ser capaz de valorar la vida y el entorno
  • Ser capaz de vincular sentido a su existencia.
  • Encontrar su razón de ser y su trascendencia, realizarse y vivir con plena dignidad.
  • Conocer y buscar valores que le den plenitud.

c) Libertad:

  • Asumir la existencia con responsabilidad, ser capaz de elegir, de tomar decisiones personales y de establecer una serie de relaciones con los demás, respetando sus derechos y su dignidad.

d) Interpersonalidad:

  • Ser con otros y aceptar radicalmente a cada uno de sus semejantes. Ser solidario y
  • Ser sensible a todo lo social.

e) Unidad de la Persona:

  • Valorar, respetar y potenciar de forma integrada las dimensiones de toda la  vida.
  • Ser capaz de proyectar su ser, interiorizar y exteriorizar sus capacidades y vivencias.

f) Necesidad de educación:

  • Tenemos la convicción de que nos realizamos con los demás, que los otros despiertan nuestras capacidades, nos transmiten efecto, ayuda, seguridad, cultura, motivación, nos abren el conocimiento y nos lanzan al desarrollo de nuestras potencialidades.
  • El crecimiento y perfección nos implican con los demás en logros universales de progreso científico y bienestar.

g) Ser abierto a Dios:

  • Estar abierto a una vida plena y trascendente. Dios está en el horizonte de la acogida y plenitud del hombre. Jesús es el modelo del hombre, desde una amplia visión evangélica.

3. El alumno, punto de partida y de llegada de un proyecto de calidad

Hay un texto de nuestro fundador, en lenguaje de la época, que expresa la atención a la diversidad:

 “Porque hay quienes exigen más bondad, y otros, mayor firmeza; no faltan algunos que requieren mucha paciencia, y otros, en cambio, que se los estimule y aliente; es necesaria la represión y el castigo para que unos se corrijan de sus faltas, mientras hay otros sobre los cuales es preciso velar de continuo para impedir que se perviertan y extravíen. Este distinto modo de proceder supone el conocimiento y el discernimiento de los espíritus, que vosotros debéis pedir a Dios frecuente e instantemente, como una de las cualidades más necesarias para guiar a quienes tenéis a vuestro cargo” (MD 33,1)

 Cuando el Centro se propone estar al servicio de cada alumno, organiza toda su acción educativa a este fin, desde la acogida, la formación detallada, conocimiento de las necesidades y expectativas de cada uno de los alumnos, con la intención de incorporarlas a su proyecto educativo.

3.1  Acoger a todos los alumnos

 La escuela lasaliana se distingue por su forma de acogida e introducción al alumno en la vida escolar. La recepción del niño estaba precedida por el encuentro del tutor-profesor con sus padres, para conocer desde el primer momento la situación familiar, las cualidades y necesidades del niño, las expectativas de los padres sobre la vida y futuro de sus hijos.

 El principio dinamizador del crecimiento de la calidad de la escuela es la disposición de ponerse en situación para dar la respuesta educativa adecuada a todos los alumnos, cualquiera que pueda ser el punto de partida en que empiezan el proceso educativo. El punto de referencia es, por lo tanto, su situación personal y la realidad en que viven.

3.2 Conocer a los alumnos

 Toda la dinámica escolar se fundamenta en el conocimiento de las peculiaridades, necesidades y posibilidades de cada alumno.

 Por “conocer” podemos entender la percepción lo más exacta posible del ser del alumno. Es importante conocer todos los aspectos directa o indirectamente relacionados con la vida escolar actual, que sean útiles para ajustar y calibrar las intervenciones docentes  y educativas. En otros aspectos: lo vivido, inherente a la realidad social, afectiva; lo conductual; la escolaridad anterior y el ritmo de crecimiento; el carácter/temperamento, incluso en relación con el ambiente socio-familiar; el estilo y método de estudio; las aptitudes, hobbys, intereses culturales, problemas personales, etc.

 Nuestro conocimiento de los alumnos se enriquece a través de muy diversas situaciones: el primero y más importante es el diálogo directo con los alumnos. Después el diálogo con las familiar y con los compañeros; la colaboración con los demás profesores y con el equipo orientador, con los profesores compañeros, escuchando de modo adecuado a los padres, preguntando a los compañeros, etc.

3.3 Descubrir y precisar las expectativas y necesidades educativas de los alumnos

 La etapa escolar debe potenciar y hacer cristalizar las sanas expectativas e ilusiones de los jóvenes. El alumno debe evolucionar y conocer las propias capacidades para que sepa después orientar con realismo su toma de decisiones.
Hay que saber dar oportunidades y cauces a todas las expectativas de los alumnos. Éste es un desafío para cada centro educativo. Podríamos afirmar que el auténtico fracaso de un proyecto educativo está en defraudar las esperanzas formativas y de futuro de los jóvenes.

 Las expectativas de los alumnos no se pueden generalizar, hay que discernirlas con prudencia porque dependen mucho de la disposición personal, de la educación recibida y del tipo de orientación familiar que tienen.

 Los alumnos no sienten explícitamente muchas necesidades, pero es indispensable suscitarlas en ellos para posibilitar su completo crecimiento.

  • Área cognitiva: estimular el esfuerzo y uso de la capacidad lógica y de razonamiento; la curiosidad, el interés por la cultura; mayor conciencia de prepararse para la vida y, por lo tanto, de un aprendizaje serio.
  • Área afectiva: descubrir la necesidad de sentirse aceptados, amados, corregidos, guiados; descubrir la necesidad y el valor de ser autónomo; sensibilidad a la relación humana y al respeto por la libertad del otro; solidaridad y espíritu de sacrificio; capacidad de saber renunciar a algo, incluso a afirmar el propio derecho en beneficio del otro; etc.
  • Área social: necesidad de ser altruistas, combatiendo progresivamente el egocentrismo innato; sentir el deseo de poner y ponerse continuamente en discusión para mejorar y mejorarse (crítica constructiva); sentido de la responsabilidad; conciencia de los propios límites; solidaridad y amistad bien fundada; necesidad de “reglas” claras a las que atenerse y de educadores capaces de hacerlas cumplir inteligentemente.
  • Área espiritual: estimular la necesidad de la práctica religiosa, de la espiritualidad, del dar un fundamento trascendente a todos los aspectos enumerados en las áreas precedentes.

3.4 Prevenir y solucionar el fracaso escolar

 Muchos alumnos sufren el fracaso escolar como un problema importante en su vida, sin poder superar una situación de pobreza, de abandono social y familiar, a las que han llegado sin ser los causantes directos. El esfuerzo de toda la comunidad educativa debe centrase en conocer las causas del fracaso y buscar los medios para corregirlo y superarlo, en la medida de lo posible.

 El problema se suele afrontar, a menudo, de manera superficial. Es preciso que todos los profesores se comprometan en una sincera autocrítica, en la búsqueda de las causas, de las formas de motivación del alumno para adecuar la programación de acuerdo con los medios disponibles.

 Entre las causas del fracaso escolar encontramos las siguientes: alguna dificultad afectiva o intelectiva; poca aptitud para el estudio o escasa motivación; programación inadecuada, o poca atención por parte de los profesores a los problemas personales; la presión excesiva por parte de los padres y del ambiente social; percepción, justificada o no, por parte del alumno de falta de estima, de comprensión o de estímulo de parte del profesor; dificultades, o falta de adecuación, para poner en marcha estrategias para recuperar a los alumnos con problemas.

3.5 ¿Intentar una descripción referencial?

 Muchos textos de La Salle nos ofrecen ejemplos de atención educativa hacia cada alumno. La “Guía de la Escuelas” ya hablaba de alumnos adecuados, caprichosos, perezosos, difíciles, mal educados, altaneros, insolentes, desorientados, obstinados, maliciosos, tímidos, poco capaces, enfermos, pequeños, nuevos, acusados y acusadores… y también de tímidos, alegres, serviciales, atentos, educados, trabajadores, humildes, dóciles, buenos… y para cada uno de ellos su posible acción educativa.

 Para La Salle el alumno es el centro de todo el proyecto y de toda la acción educativa que desarrolla el educador cristiano. Los muchachos en los que piensa al realizar la obra de las escuelas son, ante todo, “los hijos de los artesanos y de los pobres” (RC, 1,4.5.6; MR, 2,1), cuyos padres viven preocupados por ganarse lo necesario para vivir y no pueden, por falta de preparación, dedicarse a la instrucción y educación de sus hijos (MR, 1,2). Por esto, los niños viven a menudo abandonados a sí mismo, como vagabundos, acostumbrados a llevar una vida de holganza, con mucha dificultad se acostumbran luego al trabajo (MR, 2,1). Y es precisamente a este perfil de alumnos al que había que dar respuesta… y la dio.

 La Guía, en varios lugares, analiza la situación de los niños, y desde ese análisis se construye la acción educativa.

 4. Formación integral del alumno

 El conocimiento de los alumnos es necesario para que la formación que damos en la escuela sea eficaz. Esa formación tiene que estar inserta en un Proyecto Educativo claro y valiente y tiene que ser asumido por todos y cada uno de los profesores y educadores que componen la escuela. Son ellos los que se lo ofrecen a la sociedad que les rodea. Tal formación y, por tanto, tal Proyecto Educativo, en síntesis, debe comprender armónicamente: el crecimiento intelectual y cultural; el crecimiento humano/relacional y social; el crecimiento moral y espiritual.
Más allá de las peculiaridades de cada alumno, los aspectos concretos de la formación integral en la escuela lasaliana podrían se los siguientes:

4.1  La atención a todas las etapas del crecimiento

“Las instituciones lasalianas y su pedagogía se centran en los jóvenes y se adaptan a la época en que éstos viven, y se preocupan de prepararlos para que ocupen su puesto en la sociedad” (R, 13).

  1. En la infancia: alcanza un buen nivel de habilidad, de autonomía de juicio, de sentido crítico; se autoestima, sabe relacionarse y confrontarse con los otros superando el egocentrismo; sabe actuar libremente respetándose a sí mismo y a los otros; ha tomado conciencia de sí mismo, de su origen y de su fin último, y es consciente de la necesidad de relacionarse con lo sobrenatural.
  2. En la preadolescencia: sabe convivir con los otros y sabe comunicarse con ellos; tiene un pensamiento personal y tiene en cuenta la opinión de los otros; sabe ayudar a los demás; posee y cultiva valores morales y espirituales.
  3. En la adolescencia y juventud: el alumno logra progresivamente una personalidad integrada, es decir: está en paz consigo mismo; es autocrítico y crítico; sabe dar un espacio equilibrado a la emotividad; es proactivo y sabe afrontar la dificultad; es solitario con los otros y sabe relacionarse con ellos.

4.2  La acción educativa: seguir y acompañar al alumno

 “Tal vez los alumnos se ausentan de la escuela por la poca simpatía que sienten por su maestro. Inténtese atraerlos con un semblante benévolo, amable, abierto. Los maestros traten de hacerse todo para todos, para ganar a sus propios alumnos par Cristo” (GE).

 La acción educativa la entendemos como la relación individualizada del aprendizaje y el reconocimiento de que la educación es un proceso vinculado a la vida cotidiana, a las experiencias vitales y no sólo a los espacios escolares. La función educativa es la relación individualizada que integra conocimientos y experiencias, expectativas y habilidades, que media entre la necesidad y su realización, y vincula todos los mundos vitales de manera coherente.

 El proceso de maduración de los niños y jóvenes nos enfrenta con la pedagogía preventiva. La educación de las formas de autonomía y libertad deben estar de acuerdo con un seguimiento cada vez menos asiduo y a distancia, a medida de su crecimiento en responsabilidad.

 No basta saber a dónde queremos conducir al alumno, es necesario acompañarlo. Todos los educandos necesitan tomar conciencia de sus propias posibilidades y saberse proponer objetivos alcanzables, según sus fuerzas. Esta misma dimensión exige a educadores y padres saber elevar el nivel de las expectativas, según haya demostrado cada individuo ser capaz de sus logros.

 “Acompañar”, para el docente, significa ponerse siempre y de continuo en situación de presencia, atención, vigilancia y de prevenir. Dar al alumno las indicaciones necesarias, adaptarse a su ritmo de crecimiento y favorecer su desarrollo en todos los aspectos, seguirlo en el desarrollo cultural y en la maduración interior.

4.3 La experiencia de acompañamiento

 El acompañamiento exige una presencia asidua que controle cada uno de los momentos del crecimiento y maduración del educando. Recordamos algunas de sus expresiones:

  • La cercanía del profesor que conozca y comprenda todos los procesos por los que va atravesando el alumno.
  • Continuidad y flexibilidad que se manifiesta incluso fuera del horario escolar, que no debe ser opresivo y menos aún asfixiante.
  • Ser asidua, equilibrada, correcta, marcada al máximo por la sensibilidad hacia el alumno,
  • Prestar atención a la persona, no sólo consignar datos; esto implica en el educador una atención cuidadosa al crecimiento continuo del alumno, sin perder de vista el proyecto educativo para la información integral. Lleva consigo diálogo/escucha para poder hacer una lectura profunda de los datos recogidos.
  • Talante educativo: no se puede obtener todo desde el principio.

5. Favorecer la motivación y autoestima de los alumnos

 “Muchas veces los alumnos no quieren venir a la escuela, o porque tienen un desmesurado afán de libertad o porque no se adaptan fácilmente a estar en clase. A estos alumnos conviene darles algún “oficio” o responsabilidad en la escuela, para que se hagan al ambiente. Es necesario intentarlo todo para conquistarlos y comprometerlos. Al mismo tiempo se necesita ser firmes y decididos a la hora de corregirlos y encaminarlos al bien, mostrándoles siempre afecto y comprensión por los pasos que van dando, y hay que saber recompensárselo adecuadamente”  (GE).

 La escuela lasaliana cuidó siempre que el alumno estuviera situado en el nivel escolar más adecuado conforme a sus capacidades. El alumno debía experimentar el éxito e ir superando las dificultades inherentes a los distintos niveles educativos por los que pasaba. Esta vivencia positiva lo permite tomar conciencia de las propias capacidades, experimentar la motivación intrínseca y sentir la satisfacción que lleva a la autoestima y a la entrega en el cumplimiento de las exigencias educativas.

5.1 Las motivaciones

 Entre las principales motivaciones a cultivar y desarrollar podemos subrayar:

  1. En la infancia: el interés, el gusto por la escuela, la gratificación; el deseo de aprender, conocer y experimentar; el deseo de confrontarse, de estar disponible.
  2. En la preadolescencia: la curiosidad por aprender; la capacidad de confrontarse con otros y desarrollar el sentido crítico; la formación de una conciencia autónoma y libre.
  3. En la adolescencia y juventud: la confrontación y la competitividad en sentido positivo; la perspectiva de una vida laboral solidaria; la realización personal; la respuesta a la propia “vocación” personal.

Pero hay que cuidar las motivaciones inmaduras que se encuentran más fácilmente; el egocentrismo acentuado; la competitividad excesiva, como fin en sí misma; querer ser el primero y destacar sobre los demás; el infantilismo, el victimismo; la cerrazón mental, la testarudez, en sentido negativo.

 Las motivaciones válidas y que hacen madurar, en las que se debe concentrar la atención durante el proceso educativo, y que hay que estimular especialmente, son:

  • de tipo cooperación: el altruismo, entendido como disponibilidad total en cuanto posible; la solidaridad;
  • de tipo social: el cuidado de la convivencia, en cuanto aceptación de los límites y defectos del grupo; aportaciones a la vida de la sociedad;
  • de tipo trascendente: el compromiso en dar una respuesta vital, como conocimiento y aceptación de nuestra situación humana en búsqueda de la verdad;
  • de tipo experimental: como voluntad y deseo de búsqueda;
  • de tipo crítico: Capacidad de juicio dinámico que empuja a la superación continua del modo de ser actual.

5.2 La autoestima

 “Se persuade más fácilmente a los alumnos cuando se busca el ganarlos con la dulzura y el entusiasmo, que con los castigos y la dureza. Los maestros cuidarán, de cuando en cuando, de estimular y animar a los muchachos con alguna recompensa, o encargándolos de algo relativo a la marcha de la escuela, para que demuestren su capacidad; evitarán especialmente amenazarlos con castigos” (GE).

 La autoestima nace de la autoaceptación y de las vivencias positivas de sentirse reconocido y aceptado, y de ser capaz de realizar con éxito cuanto debe hacer. Se concreta en la confianza en las propias cualidades, valoradas de modo realista.

 En educación, “autoestima” quiere decir especialmente: voluntad de hacer más y mejor; confianza en los propios medios y conciencia de los propios límites; conciencia de sí mismo.

 Riesgos que hay que evitar:

  • la ilusión: alimentar expectativas demasiado altas e inadecuadas a las capacidades reales;
  • la exaltación: sobrevalorarse en el conjunto del grupo; la presunción de los demás;
  • la minusvaloración.

5.3 Educación en la responsabilidad

 Prerrequisitos necesarios: edad suficiente; educación de base; tener en cuenta a los otros (considerarse uno en medio de los otros); capacidad de escucha.
Adquisición de hábitos: fidelidad a las consignas; aceptación y respeto de las normas; deseo de mejorar; autocontrol; espíritu de colaboración; capacidad de confrontarse.

5.4 Educación en la autonomía

 Al mismo tiempo se debe propiciar la autonomía y el trabajo personalizado en los que cada alumno se enfrenta con los problemas y conflictos propios del crecimiento y desarrollo intelectual. Uno de los fines de la educación es formar a los educandos para que sepan asumir sus responsabilidades y vivir con plena autonomía. Saberse organizar y planificar en los estudios, saberse dar normas y cumplirlas asiduamente ayuda a aprender a superar con éxito los condicionamientos externos.

 El ambiente de la clase, si se vive de manera serena y constructiva, debería desarrollar y motivar momentos favorables para la autoeducación. Esto no sucede si hay una disciplina férrea o si las relaciones se basan preferentemente en el temor o el castigo. Algunas pistas concretas:

  • interiorizar las normas de comportamiento y los valores correspondientes,
  • adquirir la habilidad y capacidad para  organizar el tiempo,
  • adquirir seguridad en sí mismo,
  • autocontrol y responsabilidad,
  • espíritu de iniciativa, capacidad de organizar y seleccionar tiempos.

5.5 Educación en la libertad

 A pesar de lo complejo que resulta la libertad por los ámbitos y valores implicados en su proceso, debe ser el objetivo final de la educación.
La libertad conlleva que el alumno sepa moverse con el respeto debido a los otros y a las ideas de los otros; haber superado la ignorancia y ser capaz de escoger el bien; tener conciencia de los derechos y deberes, y hasta ser capaz de renunciar a la propia libertad en beneficio de la de los otros; saber respetar aquello que nos rodea.

6. La participación de los alumnos

 “Con el objeto de que los alumnos asuman personalmente su formación y desarrollen su responsabilidad social… les asignan funciones activas en toda la vida del centro educativo, así en la animación como en la disciplina y en el trabajo” (R, 13b).

 En el terreno de la participación hay que poner de relieve el punto de la tradición lasaliana de los empleos en la escuela y en la clase.

 Otro aspecto muy importante en la relación educativa era, por lo tanto, el de crear sentido de pertenencia, motivación interior, deseo de participación activa en la vida de la escuela. El alumno tiene que querer la escuela, sentirla suya, comprometerse en su marcha y sentirse responsable. Además de las diversas formas de educación en la sociabilidad, ya indicadas, los “encargos” confiados a los alumnos para la buena marcha de la vida escolar, apuntan a crear el sentido de responsabilidad, ejercitar la autoeducación y la maduración personal. Son como la señal tangible de la confianza sobre la que se basa la relación educativa: el alumno se siente apreciado, valorado, sostenido y animado; éstas son condiciones esenciales para transformar el aula en un lugar de ejercicio técnico de aprendizaje, en un ambiente educativo de vida.

 La rotación de los “oficios” permitirá implicar a un número elevado de alumnos, y les permitía experimentar lo que es asumir personalmente una responsabilidad en el grupo, y prestar un servicio a la totalidad de la clase.

 La Guía de las Escuelas ofrece una lista de, al menos, 15 “Oficios”:

  • 1. Inspector (vigila la clase en ausencia del maestro).
  • 2. Vigilante del inspector.
  • 3. El primero de cada fila.
  • 4. Presidente de oraciones.
  • 5. Encargado de la limpieza de la clase.
  • 6. El que reparte y recoge las hojas para la escritura.
  • 7. El que reparte y recoge los libros para la lectura.
  • 8. El portero.
  • 9. El que guarda la llave de la escuela.
  • 10. “Limosnero”. El que recoge y distribuye los donativos en las comidas.
  • 11. Los que visitan a los que faltan a clase.
  • 12. Los monaguillos en Misa.
  • 13. El que lleva el agua bendita cuando se entra en la iglesia.
  • 14. El que lleva los rosarios y los reparte en Misa para los que no saben leer.
  • 15. El campanero, que toca para señalar el fin y comienzo de las clases. (GE).

Más allá de lo anecdótico de esta lista, típica de una época remota, entendemos las actividades de centro o de aula como formas de educación en la responsabilidad. Pueden resultar muy positivas porque estimulan a los muchachos, les hacen protagonistas y los corresponsabilizan. Esta tradición puede actualizarse con creatividad y prudencia.

 En el ámbito escolar se debe implicar a los alumnos en todas las formas de representación, sugeridas por el Proyecto Educativo. Las distintas edades y maduración van a aconsejar una variedad de participación acomodada a sus capacidades.

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